¡Ay dulce brisa!
Que cuando yo aquí,
Sentado en la cornisa,
Te acordáis de mi,
Con tus manos suaves y frías,
Y acaricias a los árboles,
Y espolvoreas la tierra
Maquillandolo todo a tu antojo estrambótico,
Como quien a un ideal de belleza se aferra!
Y vas de aquí para allá, susurrando,
Y en el roce de las hojas los árboles se la pasan cuchicheando,
¡y hablan de mí, lo sé!
Ignoran que yo, emulando leer, los escuché,
Y leí, emulando no escuchar, lo que ignoran,
Leí en sus cortezas, en las esculpidas hojas,
En el arrullo de sus ramas que el vaivén de la brisa les provoca,
Leí en los colores, de esos artistas que son las flores, que de tan perfeccionistas, insisten en la misma obra, incesantes, incansables, imparables. Morirán, haciendo colorear, con todo su esfuerzo hasta alcanzar, el cielo con sus pétalos, que desde lo alto el Sol con su luz invoca.
Son títeres en toda la obra,
Que el viento, maestro de invisibles lienzos,
Hace bailar, amar y otras veces,
En la noche del año, sus hojas desnudar. Son árboles actores que responden a un mismo director,
Son una sinfonía vegetal que el viento dirige con valor, en confuso compás,
Y, que sin más ni más admiramos, mientras nos acarician esas manos,
Que son de la brisa,
y me llegan suaves, hasta lo alto de mi cornisa,
En la que estoy sentado cuando destino y tiempo,
a un mismo momento su suerte concilia!
Y navega en mi pensamiento,
En océano de metáforas e incendios,
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