martes, 17 de agosto de 2021

La casa embrujada


Mi casa está embrujada. En cualquier lugar a dónde mires hay recuerdos, en la pared, sobre los muebles, los muebles, quien mira duda si lo que está viendo ya pasó o está pasando. Los olores retrotraen secuencias enteras, la escalera huele a todas las veces que hayas entrado en todas las edades en que lo hayas hecho. El patio, cuya alfombra verde para exterior es la única que vi en el mundo, huele como a 1973, como si volvieras y tuvieras todo por delante, sin saber que la luz vendrá muy pero muy por delante al final del túnel, si alguna vez lo hace.
Las paredes hablan, ya se sabe, pero no susurran, se les sale la tanada y hablan casi a los gritos. Te dicen todo lo que solían decirte antes, cuando los juguetes lo eran todo, solo que al terminar la frase se vuelven una bocina de un auto, o un colectivo frenando, es tan sutil la modulación que parece que no hubiesen sido otra cosa nunca, aunque sepas que no es así.
Quien creó la casa, era alguien que profesaba el ateísmo de las paredes, porque apenas si hay las mínimas como para que se sostenga. Durante el día esto es un prodigio, ya que la luz baila hasta en los rincones cuyas sombras podrían devorarlo todo. En la noche ocurre lo contrario, los árboles hacen la danza macabra en cada pared, sombras insondables juegan a las marionetas en cada techo y los suelos se revisten de siluetas oscuras que dejan de moverse apenas apoyas tu mirada sobre ellas.
Por la noche es más difícil habitar esta casa. Un silencio ensordecedor te llena el pecho como a punto de romperse a cada paso. Al final del pasillo, del que antes era su cuarto, emana una oscuridad que invita a ser respetada con la ausencia. Es inevitable sentir que cada minuto en las sombras estás perturbando fuerzas inefables. A medida que pasa el tiempo habitantes de lo desconocido te van cercando en silencio, las luces se tornan opacas, los vértices de las esquinas se vuelven sombras terribles. De a un centímetro o menos, avanza la oscuridad cuando no estás viendo. En un rato, la luz que antes pasaba la silla, ahora ya no llega a cubrir la mesa. Tu cuerpo se tensa, estás alerta, el silencio ya es una óvalo inmenso y monstruoso que lo cubre todo, en cada avance de la oscuridad te parece que va a explotar, al mismo tiempo que algo o alguien saltando hacia mí desde las sombras.
Nonna, ¿sos vos? pronuncio sin lograr romper el silencio.
Sonrío de la incomodidad, sonrío de tristeza, sonrío de que mis manos tiemblan, sonrío y resoplo, para que las sombras no lo sean tanto. Sonrío, sonrío porque en la pieza del fondo me parece que hay alguien pero ya no hay nadie. oigo un ruido.
¿Nonna? pregunto con sorna, como burlándome, pero esperando que me conteste.
¿Nonna estás ahí?. Algo se mueve en la pieza del fondo, me sobresalto y me llevo las manos a la cabeza porque yo no creo en nada, seguro son las cortinas. Me rio de mi propio miedo, no creo pero tampoco doy ni un paso a través del pasillo. Las manos me tiemblan, siento el crepitar dentro mío como de figuras peleando, formas producidas en el inconsciente, en la oscuridad de las sombras al final del pasillo. Deseo que alguien me conteste con todas mis fuerzas. Siento como si me aplastaran el pecho, un nudo en la garganta y quiero llorar, porque no quiero que algo o alguien me conteste, quiero que ella lo haga.
¿Nonna? Ya estoy casi a oscuras, quisiera apagar y prender la luz para ver si la luz se arregla y empuja a las tinieblas, pero no me arriesgo, me aprieto fuerte, quiero llorar. Miro hacia la oscuridad, desde donde avanzan las luces negras pero no logro ver nada, aguzo la mirada escrutando la lobreguez de las sombras, nada.
No avancé a través del pasillo, la sola idea de corroborar lo evidente me aterra más que todos los fantasmas. No es la casa, las cosas muertas no pueden traer cosas vivas, pero las cosas vivas sí pueden traer a las muertas. No es la casa la embrujada, sino yo y conmigo, todos los fantasmas.

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