viernes, 30 de enero de 2015

La tortuga, el abuelo, el conejo, el nieto y martín.

¡Por qué se escribe lector nato! esta es pregunta retórica, en voz alta y ruidosa, por eso los signos, dijo la tortuga escritora,
-No, replicó el conejo, gris como un día nublado en la playa, que era muy veloz en ver la paja en el ojo ajeno. Martín cerró el libro por un momento y pensó largamente...
 Cuando despertó depronto vió en el reloj antiguo que se había quedado absorto durante minutos, pero no podía recordar qué había soñado despierto.
-¡Abuelo, qué historia más rara lees, asi no me voy a dormir nunca!
-Nietecito de mi alma, dijo el Abuelo en tono de burla, no sé qué responderte, porque eso ni es pregunta, ni tampoco afirmación correcta, dado que nadie puede no dormir nunca, Martín volvió a mirar el reloj, pero esta vez sí recordaba qué habia pensado. Ahora se preguntaba si lo habría sacado de una película o algún cuento, dado que el nunca había tenido abuelo, ni hacía afirmaciones tan incoherentes.
-Detente ahí, dijo el conejo, gris como una vida sin sueños, esta vez con voz trémula y visiblemente ceñudo, ¿Por qué es incoherente?.
La tortuga escritora, adivina del soliloquio que vendría, largó un largo suspiro, cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre los hombros,..
¡Abuelo, que tonto eres!, ¿cómo va a caer una cabeza sobre los hombros, si las tortugas tienen caparazón? JAJA.
-Es cierto nietecito, no lo entiendo, el abuelo le contestó.
La tortuga escritora se agarraba la cabeza y se preguntaba por qué estaba con un ser tan críticamente repugnante, ya que ahora estaba despotricando contra los personajes y lo absurdos que eran, además de irreales.
 Martín volvió a mirar el reloj antiguo en la pared, pero esta vez asustado... ¿Seres de otra dimensión estarían tratando de comunicarse con él? No podía saberlo, aunque creía esta posibilidad incierta. Además ¿Por qué, si querían hablarle, dirían tantas palabras con sentido tan poco? Miró el reloj y quedó dormido.
Típico, dijo el conejo, auto-crítica, para que el lector sepa que el autor sabía de antemano que sus reflexiones eran tan inútiles como obvias, pero cuando levantó la vista, se encontró con la sencilla compañía de sí mismo, el conejo, que era gris como la rutina, creyó que la Tortuga habría tenido alguna urgencia y no quiso interrumpir su revisión, ya encontraría la manera de darle un análisis completo y bien detallado de los errores, al fin y al cabo, era su amigo y ser condecendiente no es justo entre los amigos.
El abuelo se levantó y repitió, en voz altísima -No entiendo cómo puedes tan cuadrado en tantos vertices diferentes, no he visto en toda la cuarta dimensión niño tan insolente como tú, tomó el libro con forma de teseracto ilustrado y se lo estampó en los numerosos vértices de la pueril cara. A lo que el nieto sobresaltado dijo - Abuelito, creí que no creías en la violencia. El abuelo, pleno de sabiduría, respondió, ante situaciones desesperadas, resoluciones desesperadas también, y ahora por faltarme el respeto, no te daré este regalo que iba a hacerte. Mientras su nieto lo miraba ceñudo, su abuelo sacó un reloj y lo colgó en la pared.
Martín se despertó sobresaltado mirando el mismo reloj de su sueño y en cuanto recordó a la tortuga escritora, decidió volver a las pastillas psiquiátricas.
Típico, banal y superfluo giro racional a la magia, ¡Qué suerte tiene el mundo de que aún quedo yo para separar a la paja, de trivialidad, del trigo en la literatura nutritiva, siendo auténtico guardian de la genialidad y el buen gusto, dijo el conejo, que era gris como los vínculos sin afectos,
El abuelo siguió leyendo unas lineas más sobre el conejo, que era gris como un amanecer sin Sol, y luego se echó a descansar en su cama con forma de teseracto,
Martin cerró los ojos, se tomó la cabeza con las dos manos y puso en duda todas sus certezas sobre la realidad
Un tributo a la continuidad de los parques de Julius Cortázar.

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